Tantas horas
de aviación poética
no sirvieron
para que despegara
pues tras hundirse
en el charco del amor
—aquel hombre
empapado—
seguía sin creer
en el agua.

Pero lo más triste
de la historia
fue que se olvidó
que una vez él se mojó
escuchando
en las «RIMAS»
las lágrimas
que a  Bécquer
le quedaban.

Como diría Gustavo Adolfo,
tengo en mi pena una alegría:
A mí al menos,
sé que aún me quedan ALAS.

 

Nea Thea.