Iluminaré mi alma
en las noches
de arsénico
aunque la única luz
sea la autopsia
de un poeta.

Seré
la primera voz
del eco
de mis lágrimas
y las pondré
en pie
para ser
río vertical
y ahogar
las palabras afiladas.

Suturaré las brechas
que la bestia
me procura.
Limpiaré las cenizas
del fuego de la tea
que sentencio
en daltónico juicio.

Seré ocaso y zenit
del dolor
y nunca más
seré impar
en la madrugada.

Pero este acero
que ves
se funde a menudo
por la confusión.

A veces
mi indecisión
se transforma
en humo blanco
y en humo negro.

Entonces
en esos momentos
¡ni el papa sabe
qué humo soy yo!

Imposible aburrirse conmigo.

 

Nea Thea.