Dice la tan sobada frase de Celaya que la poesía es un arma cargada de futuro. Será por aquello de que las personas, en contra del resto de animales, somos muy dadas a dispersarnos con intangibles como el futuro y el pasado. Será porque a casi todos los humanos nos asusta el abismo del presente. Será porque casi siempre nos es más tentador flagelarnos con el látigo de la nostalgia o del lamento, y atiborrarnos del inocuo aire del porvenir.

Por eso hoy, en el día mundial de la poesía, el día de la consagración de la primavera, este día que va a ser uno más o uno menos, según se mire, entre dos estados de alarma, me gustaría reivindicar la Poesía como un virus cargado de presente.

De un presente lúcido que nos cargue las baterías de plenitud en los días de rima consonante; de un presente audaz que nos dé un respiro en los de rima asonante; de un presente astuto que nos enseñe a proyectarnos, en las ventanas teñidas de horizonte, las jornadas de rima cautiva; de un presente disparatado que nos arranque una carcajada enajenada en los ratos de rima insoportable; de un presente reposado que nos enseñe a mirarnos en el espejo y a resoplar en los de instantes de rima gemela; de un presente autocrítico que nos recluya en el cuarto de pensar, para contar hasta un millón, en los días de rima cruzada; de un presente sosegado que nos permita hiperventilar en los momentos de rima continua; de un presente amoroso que nos invite a acariciarnos con la mirada en los paréntesis de rima abrazada; de un presente comprensivo que nos enseñe a tolerar, y a que nos toleren, los versos sueltos de los días de rima tirante; de un presente valiente que nos aliente a llorar sin complejos, a nutrirnos de nuestra vulnerabilidad y de la fortaleza de los demás, en los días nublados de arritmia total; de un presente entregado que nos enseñe a acariciar el pelo a nuestros seres queridos, aunque sea virtualmente, los días de rima trenzada.

Un virus cargado de presentes que nos contagie y nos quite el miedo a darnos el gustazo de abrir un libro por cualquier página, en busca de un seguro azar, y encontrarnos meditada o aleatoriamente con versos.

Un virus que nos permita darnos cuenta de que no tenemos a mano mejor regalo que nuestro presente. Un virus que nos inocule la convicción de que cualquier tiempo presente siempre es el mejor, por más que a veces sea arena negra e inaprehensible lo que discurre entre nuestros dedos temblorosos.


Un virus cargado de presente que Kavafis, Szymborska, San Juan de la Cruz, nuestro inefable familiar, nuestro leal amigo, nuestro mejor enemigo, nuestro perfecto desconocido, o quienes demonios les plazca nos lo contagie, sin juicio ni precaución previa, cual murciélago chino.

Un virus infeccioso y letal en su vitalidad para el que no se patentará vacuna, se concebirá cura, ni nacerá maldito dios que lo erradique.

POR CARLOS RODRIGO.

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